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“Los pasajes son un potencial para el turismo cultural, un catalizador para una imagen distinta del centro de Tijuana, históricamente asociado con una leyenda oscura.” — Josué Beltrán, historiador de Tijuana

Los pasajes son corredores comerciales que abarcan varias cuadras del centro histórico de Tijuana. No se parecen al plano de ninguna otra ciudad mexicana, trazadas según la cuadrícula colonial española, con un zócalo en en centro. La mayoría de los pasajes se popularizaron vendiendo a los turistas chácharas como sombreros de mariachi color rosa, retratos de Elvis Presley en terciopelo negro y demás parafernalia pseudo-mexicana perfecta para una celebración gringa del Cinco de Mayo.

Las 56 cuadras que se consideran parte de la traza del centro histórico de Tijuana se definieron tras una disputa entre las familias Argüello y Olvera. Ya que se reconciliaron, el arquitecto Ricardo Orozco trazó en 1889 un plano al estilo Beaux Arts, aunque le tomó a la ciudad cuarenta años alcanzar el sueño cartesiano de Orozco. Para finales de la década de 1930, Tijuana comenzó a pasar de lo que parecía ser la escenografía de una película hollywoodense del Lejano Oeste a una ciudad del siglo XX. Los pasajes eran espacios auxiliares divididos en locales comerciales y con prolongaciones hacia los bares y grandes centros comerciales ubicados en el tramo principal de la avenida Revolución o La Revu. Aunque estaban a un costado de la vía principal, se convirtieron en un enorme éxito comercial durante la época de oro del turismo (antes del 9/11), con ingresos mensuales de hasta varios miles de dólares por un local de treinta metros cuadrados. Casi todos los que hacían dinero en Tijuana tenían algún tipo de vínculo con un negocio en esta parte de la ciudad, entre ellos los propietarios de locales, los vendedores en los puestos y los dueños de antros nudistas. Se rumoraba que por las mañanas se barrían los dólares del piso.

Los acontecimientos del 9/11 alteraron la economía de la avenida Revolución y del centro de Tijuana. La intensa seguridad sobre la frontera, que aumentó el tiempo de espera en las garitas, y una nueva disposición que exigía a los ciudadanos estadounidenses presentar su pasaporte para reingresar a Estados Unidos sofocaron el turismo que había convertido a La Revu en la pasarela de deleites baratos que tanto añoraban los turistas. Para 2010, la avenida estaba cubierta de carteles de “se renta”: ochenta por ciento de los negocios había quebrado.

“Las ciudades tienen la capacidad de ofrecerle a cada uno alguna cosa, simplemente porque –y sólo cuando– son creadas por todos.” — Jane Jacobs, The Death and Life of Great American Cities

No fue sino hasta hace un par de años cuando un grupo de artistas jóvenes en busca de un espacio para producir y comercializar su obra decidió aprovechar los pasajes abandonados sobre avenida Revolución. Uno de estos jóvenes fue Francisco, arquitecto que trabajaba en un despacho de arquitectos de San Diego. Francisco decidió abrir un negocio que fuera a la vez galería y micro fábrica de cerveza, y el Pasaje Rodríguez resultó ser el lugar ideal para su proyecto. Estudio 2287 se ubica en un pasaje donde uno se puede sentar, disfrutar de la obra artística y beber una Teodora bien fría, de la producción propia de Francisco.

Otros artistas y galeristas han abierto locales en este pasaje, entre ellos estudios fotográficos y tiendas de vinos, de libros usados y de ropa vintage: ¡todas las necesidades de un hipster resueltas de una vez! El éxito del Pasaje Rodríguez llamó la atención de Jaime Brambila y Miguel Buenrostro, ambos de veintitantos y emparentados con los dueños originales del Pasaje Gómez, un espacio techado de dos niveles ubicado cruzando la calle del Pasaje Rodríguez. Buenrostro creó una organización llamada Reactivando Espacios (reactivandoespacios.com,), con la finalidad de documentar los espacios abandonados y aprovechar su potencial: es la chispa que podría encender una estrategia para volver a desarrollar el centro de Tijuana.

Brambila está trabajando el Hotel Lafayette, propiedad de su familia y ubicado parcialmente sobre la avenida Revolución y en el pasaje donde operó el célebre restaurante La Especial durante más de cinco décadas, antes de cerrar sus puertas hace un par de años. Brambila está planeando reabrir La Especial, puesto que otros restaurantes están reabriendo en la Avenida Revolucion, como el Caesar's, recién renovado. Esta colaboración y entusiasmo para regenerar el centro de Tijuana y sus pasajes históricos ha generado en los últimos años una demanda que agarró a los dueños por sorpresa. Muchos de ellos viven ahora en San Diego y no tenían esperanzas de reanimar la actividad económica en esta zona.

A la fecha, de los 35 locales del Pasaje Gómez, todos salvo dos están operando como galerías de arte, librerías, cafés, boutiques de ropa e incluso una escuela de música. Hay galerías vinculadas a instituciones de San Diego, entre ellas La Tentación, una galería-estudio fotográfico dirigido por Josué Castro y afiliado al Museum of Photographic Arts, y un espacio de próxima inauguración que combina auditorio y espacio de exposición, afiliado al plantel San Diego de la Woodbury University School of Architecture. El último sábado de cada mes, el Pasaje Gómez organiza una actividad llamada Tijuana Art Walk, para recaudar fondos que permitan seguir renovando el espacio.

El moméntum sigue aumentando, y no sólo en los pasajes: pequeñas plazas comerciales están rentando espacios a los artistas y otros grupos culturales. La Plaza Revolución, ubicada junto al Pasaje Gómez, estaba completamente rentada pocos mese después de anunciar su reapertura. Una de las historias exitosas de la Plaza Revolución es la de Galería 206, un espacio de arte contemporáneo operado por Yave Lobsang y las hermanas Mónica y Melisa Arreola. Buscando atraer a compradores de arte de ambos lados de la frontera, esta galería exhibe la obra de nuevos artistas locales a precios accesibles, con la esperanza de generar un mercado artístico más allá de los Bart Simpson de yeso y los retratos de Bob Marley que alguna vez se vendieron en esta zona.

“Estamos creando espacios para que los artistas emergentes exhiban su obra, ya que nuestras instituciones culturales no les ofrecen esta oportunidad por ser muy jóvenes”, dice Mónica Arreola, una artista y curadora con mucha experiencia. Al igual que Galería 206, muchos estudios y proyectos están aprovechando las módicas rentas, que permiten a artistas jóvenes y entusiastas probar sus dotes empresariales.

Lo encomiable de todo esto es que la regeneración de los pasajes en espacios culturales ha sido un proceso desde las bases iniciado por los ciudadanos, entre ellos los propietarios, artistas y otros defensores del centro de Tijuana. Han logrado arrancar el proceso de regeneración a partir de negociaciones, una labor que las administraciones actuales y pasadas nunca consiguieron. El potencial para reanimar el centro de Tijuana radica en parte en la conservación de los distritos históricos –como estos viejos pasajes comerciales– y en la promoción de novedosas oportunidades de vivienda para un sector de la población económica y socialmente mixto. Y el turismo siempre estará presente, pero el perfil del turista está cambiando del cervecero comprador de baratijas al hipster de gustos más cosmopolitas.

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